Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

enero 30, 2011

UPR, primavera 2010: Huelga como cátedra en la calle

  • Dra. Lissette Rolón Collazo
  • Departamento de Humanidades

Días previos a la ratificación de la huelga, un estudiante trasvestido –en ingeniosa y cándida gestión para evadir al oficial de la corte que lo buscaba para emplazarlo—sugirió que l@s profesor@s podíamos colaborar a través de diálogos en los portones sobre nuestras áreas de especialidad. De inmediato, mareada por el arrojo del estudiante y ávida por identificar cómo podía ser más útil, asumí la coordinación de la iniciativa “Cátedras en la calle.”

Propuse la idea en la primera asamblea del claustro convocada por la APRUM y, enseguida levanté una lista de más de sesenta colegas voluntari@s. El resto fue entusiasmo y sorpresa. L@s profesores que impartimos cátedras en diversos portones, nos percatamos de inmediato que l@s estudiantes de aquel movimiento, de aquel happening, éramos nosotr@s.

Mi primera cátedra fue sobre las consignas del 68. El objetivo era relacionar aquella primavera con la nuestra y, de paso, elaborar pancartas en cortinas de baño para evocar aquellas ideas y su inspiración. La Vita fue mi primera parada, Biología la segunda. En ambos casos aprendí mucho más de lo que pensé enseñaría. La trasvestida fui yo, pero más allá de mis ropas la huelga me trocó las utopías que hasta entonces urdía en mi mente y en mi práctica para la universidad.

Aprendí otras formas de convivencia entre la comunidad universitaria. Estas eran horizontales, flexibles y libres. Aprendí el balance entre la espontaneidad y el rigor. Aprendí que la toma de decisiones participativas nos comprometía a tod@s en cada momento y no había pasos sin compañía. Aprendí que la mejor universidad que había conocido hasta entonces se estaba construyendo bajo aquellos toldos frágiles ante cada aguacero de mayo que caía puntual sobre l@s muchach@s. Aprendí sobre una solidaridad básica que no había vivido en Puerto Rico y sobre una generosidad joven que no escatimó en dormir al terrazo para que tant@s estudiantes pudieran vivir otra universidad. La huelga fue una cátedra en la calle para tod@s los que, al menos, nos atrevimos a asomarnos sin ínfulas ni libretos previos. La huelga fue una cátedra para esta profesora que ya no puede ser la misma.

Portones y portoner@s

No había vivido una huelga universitaria con estos perfiles. Ocupar la universidad, apostarse en los portones que marcaban sus linderos y su acceso, adueñarse del bien público como debe ser, fue solo parte de lo que ocurrió. Portones afuera la mayoría de l@s profesor@s que apoyamos la huelga tratamos de estar a la altura de las circunstancias. Cada día se presentaba un reto a nuestra historia, a nuestros conocimientos, a nuestra voluntad.

La huelga nos resignificó. Nos convertimos en l@s portoner@s. Nuestra sala de clase perdió sus paredes y sus objetos de estudio cerrados. Nosotr@s perdimos nuestras metodologías trasnochadas y nuestra zona cómoda.

Nos empezamos a convocar autónomamente, al margen de organismos establecidos, pero en franca colaboración. De lo que se trataba era de apoyar la huelga de l@s estudiantes. Nuestras agendas se estacionaron y, un@s cuant@s, se retiraron con sus lamentos individuales. Reconozco mi desconcierto entonces. No sabía cómo ser una profesora portonera. Estaba acostumbrada a otras formas y contenidos. Pero fui aprendiendo, como otr@s, sobre la marcha…

Ser portonera supuso ser testigo de un@s estudiantes que iban a todas en contra de todo pronóstico. Ser portonera supuso ser colega de otro modo. Suspirar a ratos y guardar silencio para no arruinar el desparpajo de est@s muchach@s que no sabíamos de dónde habían salido. Ser portonera supuso alimentar otras utopías y reconocer que la huelga le había enseñado a la universidad y al país cómo se tejen los hilos tras bastidores y cómo se combaten los tinglados del poder. Ser portonera es un proceso que aún vivo y que me reta a no olvidar la primavera de 2010.

Larga noche después de la huelga

Cada noche de esos días luminosos, escribí una fábula que dedicaba a es@s muchach@s que dormían en casetas de campaña cuando dormían. Debo confesar que sólo así podía conciliar el sueño. Titulé ese fabulario: Fábulas en huelga y se lo dediqué a ell@s y a mi perro. Esperaba que cuando pasaran esas noches de la huelga podríamos celebrar las fábulas.

Pero desde el mismo 21 de junio de 2010 por la tarde comenzó la larga noche de la universidad. Ese día se bajó por descargue en la incompetente Legislatura de Puerto Rico el proyecto que aumentaba el número de síndicos cínicos. Poco después se aprobó en dicho organismo el jaque mate de la democracia participativa al decretar que las votaciones serían por voto electrónico y en ausencia del debate universitario.

Se han mantenido en el poder universitario la misma presidenta de la Junta de Síndicos y el mismo presidente que de manera tan mediocre y mal intencionada manejaron el conflicto huelgario. Han sido nombrad@s rector@s a capricho político y en clara violación de las recomendaciones de los comités de consulta de los senados académicos. Se han congelado plazas docentes, se han reducido los derechos marginales y los salarios de tod@s. Se han elaborado calendarios académicos en clara venganza y desatino, y se insiste en la aplicación de la cuota de $800 en enero de 2011. Se está violentando cada día nuestra universidad de múltiples modos.

Sin embargo, no prevalecerán… Mientras la huelga de la primavera de 2010 nos recuerde lo que queremos y podemos ser en la universidad, no convencerán. Recuerden, como bien consignó el Popol Vuh: “nunca es más oscura la noche que cuando va a amanecer…”

Vea además  Fábulas en huelga: deja vú de un sueño

enero 26, 2011

La Universidad y la Generación del 30: ¿una historia del presente? (Segunda parte)

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  • Historiador

Incertidumbres

El Lcdo. Pedro Albizu Campos, producto de la Ponce High y de las Universidades de Vermont y Harvard, no aceptó un puesto en la Universidad de Puerto Rico por consideraciones de principios. Albizu Campos compartía la visión de Belaval de que la entidad atentaba contra la Nación. Por el contrario, el Partido Nacionalista que Albizu Campos reinventó desde mayo de 1930, aspiró a tomar por asalto la Universidad. Su táctica para enfrentar el proyecto de la concientización y politización de la juventud, se diseñó sobre la bases de la tradición anterior a  la escisión de la juventud puertorriqueña  en 1930. En 1931 ayudó a fundar la Asociación Patriótica de Jóvenes Puertorriqueños (APJP) cuya meta era organizar y politizar a los estudiantes de la Escuela Superior y la Universidad. Y en 1932 promovió la creación de la Federación Nacional de Estudiantes Puertorriqueños (FENEP) que se proponía organizar y politizar jóvenes muchos de los cuales solo votarían después de graduarse.

Pedro Albizu Campos (1934)

En 1935 Albizu Campos tuvo su mayor choque con la Universidad. En un discurso público en Maunabo, el caudillo acusó a la institución de producir traidores cobardes y afeminados. Albizu Campos le recordaba la necesidad producir patriotas valientes y viriles, es decir le reclamaba a la Universidad Territorial los deberes de una Universidad Nacional. Declarado Persona Non Grata por inspiración de un segmento anexionista del estudiantado, la disputa desembocó en la conocida Masacre de Río Piedras del 24 de octubre. Si a ello se añade que Albizu Campos siempre consideró al Canciller Carlos Chardón (1931-1936), quien fuera uno de los artífices del New Deal y de la Modernización Criolla asociada al Populismo y al nuevo colonialismo, como un enemigo declarado de la Nacionalidad, se comprenderá lo volatilidad de aquella relación.

En cierto modo, el retorno de Albizu Campos de la cárcel de Atlanta, representó la posibilidad de una revancha.  En diciembre de 1947, la situación era otra. Estaba el país al borde de la Ley del Gobernador Electivo y de la Ley de la Mordaza que facultó el silencio colectivo forzado de muchos radicales.  Impedido de hablar en el Recinto de Río Piedras por ser un “terrorista”, se decretó una huelga encabezada por el fenecido Juan Mari Brás en protesta contra aquella anomalía. El Rector desde 1942 era el Lcdo. Jaime Benítez, la figura más emblemática y más contradictoria de la Universidad de Puerto Rico en todo el siglo 20. Si la década del 1930 dejó a Puerto Rico una Universidad Nacional, en 1947 la misma dormía el sueño de los justos.

El periodista y gobernador Luis Muñoz Marín, un fracasado de Georgetown University, mantuvo siempre una relación muy tensa con el mundo universitario. Los testimonios de dos personas muy cercanas al Vate, Juan Manuel García Passalacqua y José Trías Monje, ambos fallecidos, parecen corroborarlo. En 1941, Muñoz Marín metió la pata con la Universidad cuando era Presidente del Senado, la posición de más poder e influencia política cuando todavía la gobernación se llenaba por el mandato del Presidente y el visto bueno del Congreso de Estados Unidos. El Senador, perdido entre la inocencia y el cálculo, insistió en que el Gobernador Rexford G. Tugwell, un novotratista radical, fuese a la vez Canciller de la Universidad colonial. La Ley Universitaria de 1942 fue, en cierto modo, un intento de domesticar a la Universidad de la mano de Benítez.

Las reservas no eran tantas. Muñoz Marín, cuidadoso de los ambientes universitarios por mor de su practicismo político y su carácter acomodaticio, cuando fungió como Senador y Gobernador, siempre  se rodeó de Universitarios de alto calibre. Sus cerebros fueron Vicente Géigel Polanco, Ernesto Ramos Antonini, Roberto Sánchez Vilella, entre otros. La relación fue funcional hasta el momento en que alguno de ellos amenazó su nicho de poder. Para Muñoz Marín los Universitarios servían para pensar los problemas del país pero no para resolverlos eficazmente.

 

La utopía de la Universidad Nacional en la década del 1930

El proyectó de  una Universidad Nacional maduró en el contexto de la Depresión Económica y el Nuevo Trato. En la arquitectura de la Universidad Nacional,  los Hispanistas de la Generación del 30 cumplieron una función crucial. Los protagonistas de aquel proceso, hay que decirlo, sobrepujan el ambiente puramente literario y exceden la hispanofilia. Entre ellos habría que contar a Muñoz Marín, a Chardón, a Benítez, a Tugwell y, con este, al mismo presidente Franklyn D. Roosevelt, cuyo nombre recuerda la Torre de Río Piedras. Los antagonistas, como era de esperarse, siempre han sido invisibles y lo serán aún más en tiempos de nostalgia centenaria y pasatismo romántico y trasnochado.

De ese modo, la Universidad re-nació en medio de una situación catastrófica. El pensador Carlos Gil ha sugerido en su ensayo  “Pedreira o el parricidio” una verdad: la añorada Universidad Nacional se creó sobre las cenizas de la problemática Universidad Territorial. El proceso resulta pueril y poco épico. La multiplicación de las  transferencias del Nuevo Trato, sentó las bases de un drama maniqueo en el estilo del clásico caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Aquellos dineros ofrecidos por el Otro, se usaron para construir un signo de resistencia a la Americanización y de afirmación de la Identidad Nacional más o menos coherente. En gran medida, se  trató de algo así como una suerte de Venganza de los Intelectuales por el desprecio evidente en las actitudes del Otro.

Pero el arma que se usó en aquel proceso, la invención de un pasado feliz con España o el mito de la Gran Familia que requirió e instituyó el discurso hispanófilo, significó el olvido de que aquel había sido un pasado sin Universidad: se conmemoraba un pasado que, en lo tocante a nosotros los universitarios, nunca había sido. Renan no se equivocaba cuando decía que la Nación es un cúmulo bizarro de recuerdos y de olvidos. Aquel pasado era una eutopía frágil como toda ensoñación perfecta. La eutopia era más bien una outopia: el sitio perfecto del pasado era un territorio inexistente, o un tipo enfermizo de nostalgia de nada.

La presunta Universidad Nacional inventada por la generación del 30, vertió y filtró sus rebeldías en un Nacionalismo Cultural inofensivo y doméstico. Después de 1942 se pudo expatriar el Nacionalismo Político de la Universidad. Lo que hicieron fue vestir la discusión de la Nacionalidad con los trapos de la más cándida  imparcialidad académica. De ese modo, la Universidad Nacional del 1930 pudo alinearse otra vez al lado del poder y medrar como uno más de los proyectos fracasados que carga el país. La Universidad Nacional retornó a su cauce y volvió a ser una Universidad Colonial con toga doctoral.

 

El 30 y el presente

Del 30 acá han pasado 80 años. En efecto, hay cosas recordar y que justifican la reflexión. Una universidad murió y otra nació en aquel entonces. Pero ¿podremos decir en 80 años más que la Universidad de Puerto Rico re-nació en este otro momento de crisis dramática? No lo sé. Tal vez ya ni siquiera se parezca a lo que fue y haya que fijarle otros orígenes.

 

Segunda parte de la síntesis de la presentación del autor en el foro La Universidad y la Generación del 30: ¿una historia del presente? celebrado el 14 de Octubre de 2010 Sala A de la Biblioteca General del Recinto Universitario de Mayagüez.

 

La Universidad y la Generación del 30: ¿una historia del presente? (Primera parte)

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  • Historiador

 

Puerto Rico y la Universidad

Puerto Rico no tuvo Universidad en el siglo 19. Esa fue una de las quejas más persistentes de la clase criolla en aquel momento. Las implicaciones de aquella situación fueron enormes.  El producto de la Universidades Modernas –los intelectuales y los profesionales- se formó en el extranjero. Los que no fueron capaces de financiar una educación superior, tuvieron que educarse por su cuenta. Los autodidactos del siglo 19 fueron tan capaces y tan competitivos como los universitarios. La situación, me parece, no debería interpretarse en el sentido de que el Imperio Español se oponía a la educación universitaria. En la práctica, la Corona sólo fue selectiva: reservó la Universidad para las ciudades de los grandes Virreinatos y de las Antillas. Dos de las fundaciones más antiguas y productivas disfrutaron de la educación superior: Santo Domingo y La Habana. San Juan de Puerto Rico fue marginado de aquella experiencia: la idea de que la educación popular y superior podía resultar lesiva a la Integridad Nacional fue muy poderosa en el país que, como se sabe, siempre fue una clave para la defensa de los intereses geoestratégicos hispanos.

Las consecuencias de aquella actitud eran visibles a la altura de la invasión de 1898. El Informe Henry K. Carroll de 1899, ofrece un cuadro de retraso cultural difícil de atribuir solo a los prejuicios anti españoles  del reverendo y sus investigadores. La contradicción más interesante de aquel siglo fue que la Colonia, aunque no contó con una Universidad, tuvo educación universitaria y universitarios que marcaron su historia cultural y política hasta el presente.

Escuela Normal

Puerto Rico tuvo una Universidad en el siglo 20. En 1900 se abrió en Fajardo una  Escuela Normal Industrial. La misma fue trasladada en 1901 al pueblo de Río Piedras. En 1903, bajo la dirección del Dr. Paul G. Miller y el cuidado del Comisionado de Educación, nació la Universidad de Puerto Rico. La Universidad tenía el encargo de producir maestros y se desarrolló vinculada al ideal de la educación popular masiva por oposición a la tradición hispánica. Por eso resultó ser uno de los signos más distintivos y apreciados del nuevo régimen colonial.

Tal vez no satisfizo a todos. Se trataba de una Universidad Territorial, un instituto que debería servir a la Nación que la autorizó y, en consecuencia, facilitar el proceso colonial re-iniciado en el 1898. Su papel fue servir de caja de herramientas para el proyecto modernizador impuesto por Estados Unidos y, valga decirlo, tan celebrado por los puertorriqueños. Pero, dado que la Modernización apelaba en aquel entonces a la Americanización, la Universidad se convirtió de inmediato en un nido de contradicciones. La Modernización propuesta en aquellos términos, exigía un giro radical en la cultura colectiva. El anhelado sueño tocaba espacios sensitivos como el idioma, la religión, las costumbres, la praxis social y política. Hoy se sabe que asimilar y aceptar el dólar y las prácticas democráticas, fue más fácil que aprender  inglés y convertirse a los Evangelismos.

 

La naturaleza de la Universidad antes del 1930

Entonces la Universidad era otra cosa. La institución dependía de un sistema de Instrucción Pública recién inaugurado.  Las condiciones de la educación eran únicas. La frontera material y simbólica entre la High School americana, y la Universidad, era prácticamente nula. Hasta el 1917, momento crucial para la revisión de la relación entre los invasores y los invadidos, el requisito de ingreso para las facultades universitarias era un diploma de octavo grado. La universidad cumplía la función de una escuela preparatoria inexistente: el camino hacia la educación subgraduada,  lo garantizaba las destrezas adquiridas en la escuela intermedia. La Universidad era otra forma de la High School y la situación no era sencilla. Dado que la edad de registro en el sistema escolar no estaba perfectamente controlada, aquellos chicos de intermedia que ingresaban a la Normal, tampoco se parecían a chicos del presente. Se trata de otro mundo que ha sido echado al olvido.

Las expresiones concretas del fenómeno eran muchas. Las Justas Atléticas y las Competencias de Talento entre ambas formas de la High School eran la orden del día. En las décadas del 1910 y el1920, la Justas Interescolares reunían atletas lo mismo de la Universidad pública o privada, que de las Escuelas Superiores. En 1924, la pasión de la competencia generó actos de violencia callejera que dieron un giro nuevo a la situación. Todo parece indicar que desde entonces la distancia entre la Universidad y la Escuela Superior se profundizó y se institucionalizó. Hacia el año 1930, la Universidad estaba separada del sistema de Instrucción Pública. La escisión en el seno de la juventud puertorriqueña  se dio en el momento en que se afianzaba la peor crisis económica de toda la historia colectiva del capitalismo: la Gran Depresión.

Huelga de 1981

Cuando la Universidad tomó  distancia de un segmento de la juventud adolescente,  se ganó la imagen de ambiente apropiado para los jóvenes maduros, los que estaban en camino a la adultez y al mercado laboral. La juventud fue segmentada y encajonada, y la discontinuidad entre los estudios pre-universitarios y universitarios se legitimó. Valga apuntar que en aquel entonces ni los jóvenes adolescentes ni los maduros, poseían mecanismos que facultaran su participación en la vida política nacional en tiempo de crisis, ni siquiera el débil instrumento del sufragio. En 1930, las mujeres todavía no participaban de los procesos electorales y el debate sobre esa posibilidad era sumamente agrio.

Esa misma crisis transformó a la Universidad en un espacio apropiado para la construcción de una Identidad Nacional alternativa que equipara mejor al país con el fin de enfrentar los malos momentos que se vivían. Ello representaba otra interesante contradicción. La Universidad había sido diseñada como uno de los artefactos idóneos para promover el Proyecto de Modernización Americano desde 1900.  Treinta años después, la situación la había convertido en un espacio que atentaba contra aquel propósito  a la vez que inventaba un discurso identitario agresivo: el Nacionalismo Cultural y Político florecieron en la Universidad Territorial.

La relación entre el Nacionalismo de todo tipo y la Universidad siempre fue complicada. Los ejemplos son numerosos. El jurista y escritor Emilio. S. Belaval, documentó bien esa complejidad en sus Cuentos de la Universidad, escritos entre 1923 y 1929, cuando era estudiante de Derecho en Río Piedras. Sus textos narrativos delataron la doble vida de los estudiantes, las visibles desigualdades sociales que surgían como aristas entre ellos y la ramplonería y artificialidad de muchos de los universitarios. Tras la lectura de aquellos textos, la idealización del pasado institucional resulta ridícula.

Primera parte de la síntesis de la presentación del autor en el foro La Universidad y la Generación del 30: ¿una historia del presente? celebrado el 14 de Octubre de 2010 Sala A de la Biblioteca General del Recinto Universitario de Mayagüez.

 

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