Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

abril 26, 2013

Reformas económicas y cambio social: un balance cultural


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático e Historia y escritor

El proyecto económico y social dirigido por el Partido Popular Democrático entre 1940  y 1964 no fue celebrado por todos los sectores ideológicos. La oposición provino de una diversidad de frentes y utilizó una amplia gama de argumentos para cuestionarlo. Durante aquel complejo periodo de cambio, como se sabe, el tradicional Socialismo Amarillo, apoyado en el Partido Socialista fundado en 1915, colapso. Una parte de la militancia permaneció en la filas del estadoísmo pero un segmento significativo se sumó a las huestes populares. El Socialismo Rojo, apoyado en el Partido Comunista Puertorriqueño fundado en 1934, nunca representó una amenaza real. En 1938 convergieron con los liberales que fundaron el PPD en que lo correcto era apoyar el Nuevo Trato e hicieron su peculiar interpretación de la política soviética de los Frentes Amplios y apoyaron el programa popular.

Sello del Instituto de Cultura Puertorriqueña

Sello del Instituto de Cultura Puertorriqueña

Los más activos opositores provenían del Estadoísmo y el Independentismo: dos tendencias derivadas del liberalismo político que veían en proceso de crecimiento material a la luz de sus aspiraciones estatutarias y no del crisol de la lucha de clases. Uno y otro extremo chocaban con el  PPD sobre la base de su planteamiento de Estatus y ponían en duda la sinceridad o la naturaleza de su nacionalismo. Ambos, igual que se alega en el discurso político del presente, veían en la gestión de gobierno del PPD hasta 1952, y luego en el Estado Libre Asociado, un factor que impedía la “solución definitiva” del Estatus.

Por eso amplios sectores del Estadoísmo boicotearon la Convención Constituyente que produjo la Constitución del ELA. Para ellos aquel documento no era más que un impedimento para la integración del país como Estado de la Unión. Por su parte, el independentismo electoral, representado por el Partido Independentista Puertorriqueño también cuestionó el proceso y se enajenó del mismo por el hecho de que veía al ELA como un freno a la Independencia y como un sistema que favorecía la futura conversión del país en Estado de la Unión. La oposición más agresiva provino, naturalmente del Nacionalismo Político, apoyado en el Partido Nacionalista que, fundado en 1922, había tomado la ruta de la “acción inmediata” desde 1930. La Insurrección de 1950 y los atentados de 1954, fueron las notas más significativas de aquel fenómeno.

El PPD, que era una organización que provenía de la izquierda, se transformó en una organización de centro y la idea, tan importante para Antonio Fernós Isern, de que el ELA funcionaría como una “tercera vía” entre la Independencia y la Estadidad se legitimó. Lo cierto es que  el  PPD había surgido como una alternativa viable en las elecciones de 1940 porque fue pensado no solo como un “frente amplio” sino como un “mediador” entre los dos extremos políticos. Mientras se caminaba esa “tercera vía” se procuraría facilitar el crecimiento económico de la colonia y, una vez alcanzado el nivel deseado, se procedería a solucionar el asunto estatutario de una manera definitiva.

Lo cierto es que, con el pasado político independentista y socialista de Luis Muñoz Marín y alguna de su gente, muchos presumían que la puerta a la que se arribaría sería la de una mayor soberanía e, incluso, la independencia. Pero a la altura del 1968 ya nadie creía en aquel supuesto: el PPD se había convertido en una fuerza moderada que se resistía o era incapaz de alterar el sistema que había creado en 1952 y esperaba que se le apropiara como un estatus definitivo cuyo margen de cambio era pequeño.

Ya se ha establecido que en la década de 1950 a 1959,  la ideología antipopular más pujante era el Independentismo. La violencia Nacionalista, los actos de 1950 y 1954; y la visibilidad electoral del PIP durante las elecciones de 1952 y 1956, así lo confirman. La respuesta del PPD al discurso Nacionalista e Independentista, fue un refinado Nacionalismo Cultural articulado desde el poder. El conjunto de aquella política y praxis se denominó “Operación Serenidad”.

 

Portada de un panfleto de DIVEDCO

Portada de un panfleto de DIVEDCO

La Operación Serenidad

“Operación Manos a la Obra” iniciada en 1940,  cambió materialmente a Puerto Rico. De ello no cabe la menor duda. Muñoz Marín veía en ello la garantía de “el derecho a la vida”. Del mismo modo, la Ley 600 de 1950 y la Constitución de 1952,  alteraron la relación colonial con Estados Unidos.  Muñoz Marín percibía en aquello proceso la garantía de “el derecho a la libertad”. Pero el mismo gobernador y numerosos intelectuales del PPD reconocían que el pueblo o la gente se encontraban ante una situación nueva y que la ola de cambios podría generar inestabilidad social si no eran bien comprendidos por la gente. Se trataba de un momento crítico en que se dejaban atrás los valores “tradicionales” y se abría paso a los “modernos”.

La lógica de aquellos intelectuales fue simple: una vez  suplidas las necesidades económicas y políticas, había que suplir las apetencias espirituales y culturales. El propósito era balancear aquellas esferas con otras reformas que actuaran en el ámbito “cultural y educativo del pueblo” con el fin de que Puerto Rico forjara una “buena civilización”. Muñoz Marín hablaba como un intelectual  de la Generación del 1930. Para los intelectuales de la Gran Depresión y de la Posguerra -los del 1930 y los del 1950- aquello significaba que habría que facilitar la ruta para  “la búsqueda de la felicidad”. La revolución pacífica, como la denominaba, no estaría completa hasta conseguir esa meta. La  “Operación Serenidad” fue la respuesta a aquella preocupación.

Las Generaciones de 1930 y de 1950, creían en la necesidad y posibilidad de la “armonía social” y favorecían una vida que se amparara en la “moderación” y la “mesura”. Si el pueblo era capaz de reflexionar maduramente sobre los cambios económicos y políticos por los que atravesaba, viviría mejor el cambio y “vivir mejor el cambio” implicaba que no dejarían de ser “puertorriqueños” ni perderían la “identidad”. Para ello idearon una serie de programas culturales que cumplirían dos funciones. La primera, “serenar” al pueblo; la segunda responder a las acusaciones de traición que provenían del Nacionalismo y el Independentismo.

 

Ricardo Alegría, de blanco, junto a Eugenio Fernández Méndez y otros

Ricardo Alegría, de blanco, junto a Eugenio Fernández Méndez y otros

División de Educación a la Comunidad (DIVEDCO)

DIVEDCO fue Creada en 1949 e incluía un programa de alfabetización de adultos que penetró áreas rurales y urbanas de todo el país. Por aquel entonces todavía se veía en la educación un recurso que allanaba el camino hacia la libertad y una garantía para el crecimiento económico y uno de apoyos principales para la apropiación del proceso de modernización acelerada que se vivía. DIVEDCO producía sus materiales educativos tales como  filmes, carteles, libros y panfletos por lo que funcionó como un taller de trabajo para la clase artística que, en cierto modo, puso el arte al servicio de la educación y de la gente de una manera orgánica y balanceada.

Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP)

Creado por la Ley 89, el 21 de junio de 1955, a aquella institución se le encargó el deber de “…contribuir a conservar, promover, enriquecer y divulgar los valores culturales del pueblo de Puerto Rico” y “… lograr el más amplio y profundo conocimiento y aprecio de los mismos”. con el fin de administrar aquel proyecto se nombró al Dr. Ricardo E. Alegría, como Director Ejecutivo del mismo en noviembre de 1955. La selección fue bien eficaz: Alegría era hijo de uno de los fundadores del Partido Nacionalista en 1922, el escritor José S. Alegría.

EL ICP estimuló, por su parte la creación de una Biblioteca General, hoy Biblioteca Nacional de Puerto Rico; y el Archivo General de Puerto Rico ubicado hoy en Puerta de Tierra. No solo eso, también desarrolló programas para promover las artes escénicas (teatro y danza), plásticas y populares y la música ayudando a su financiamiento. Aquella institución también promovió el desarrollo de museos y parques conmemorativos, los nichos de un arte público que convertía la identidad  nacional en signos palpables y accesibles, a la vez que preservó monumentos y zonas históricas que hoy poseen un valor económico y turístico enorme.

La base del trabajo cultural directo con el pueblo se dejó en manos de numerosos “Centros Culturales” comunitarios. Aquellos eran organizaciones ciudadanas que, sobre la base de la localidad, conectaban a la gente con el hacer cultural nacional y sus instituciones culturales. El ICP estructuró dos consejos de suma importancia para la arqueología puertorriqueña y
antillana. Uno tuvo la responsabilidad de proteger el Patrimonio Arqueológico Terrestre, y el otro la Conservación y Estudio de Sitios y Recursos Arqueológicos Subacuáticos.

 

Jaime Benítez, Juan Ramón Jiménez y Pablo Casals

Jaime Benítez, Juan Ramón Jiménez y Pablo Casals

Festival Casals

Fundado en 1955, su primera temporada fue en 1956. La figura central del mismo fue Pablo Casals, violonchelista catalán quien vivía refugiado en Prades, ciudad del sur de Francia, lejos de la dictadura franquista. Muñoz Marín y el Rector de la Universidad de Puerto Rico, Jaime Benítez, lo invitaron a establecerse en el país. El Festival Casals se convirtió en un atractivo de calidad internacional y sirvió de fundamento para la creación de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico, el Conservatorio de Música de Puerto Rico y las Escuelas Libres de Música adscritas al Departamento de Instrucción Pública

 

Radio y TV de servicio público

Por último, en 1958 se inauguraron dos radiodifusoras: una AM y otra FM, y dos televisoras: WIPR-TV en San Juan y WIPM-TV en Mayagüez. Los esfuerzos de DIVEDCO y el ICP por culturizar al pueblo camino a la modernización y preservar  una versión respetable del pasado que se dejaba atrás, tuvieron en aquellos medios de comunicación un espacio privilegiado que enriqueció la imagen del país, sin duda, y puso a Puerto Rico en el mapa cultural hispanoamericano.

Comentarios finales

Aquellas políticas del PPD en el poder eran prácticas aspiraban a administra la cultura “desde arriba”, sin duda. Detrás de todo ello había algo de “dirigismo cultural” que hoy podría ser cuestionado críticamente. Sin embargo, la autonomía de los creadores amparados por ellas es un asunto que no puede ser puesto en tela de juicio. Todavía en las décadas del 1970 y el 1980, aquellas instituciones eran miradas con reverencia y respeto por aquellos que aspiraban ubicarse en el “mercado cultural nacional” desde una posición contestataria. La era de bipartidismo y los turnos entre el PPD y el Partido Nuevo Progresista, los convirtió en un terreno movedizo y terminó por minar su dinamismo. En su conjunto, el objetivo detrás de “Operación Serenidad” y sus instituciones era convertir a Puerto Rico en una plaza cultural competitiva internacionalmente por medio del desarrollo del capital cultural nacional. Aquel esfuerzo coincidió con la difusión de medios masivos de comunicación nuevos como la televisión que se difunde desde 1954, pero supo aprovechar la coyuntura para poner incluso aquel recurso al servicio de la cultura y la nacionalidad.

Pero detrás de todo ello también había un propósito político: frenar las acusaciones de la oposición Nacionalista e Independentista de que el PPD atentaba contra la nacionalidad o la identidad puertorriqueña. En su conjunto, “Operación Serenidad” y sus instituciones  ofrecían una alternativa: el Nacionalismo Cultural inofensivo políticamente o “bueno”, como le llamó Muñoz Marín en algún momento con el fin de anteponerlo al Nacionalismo Revolucionario. Detrás de ello estaba la meta de despolitizar la conceptualización de la identidad puertorriqueña y la cultura nacional. La meta era resultar convincentes cuando se afirmaba que ser puertorriqueño y puertorriqueñista no era un acto ofensivo si prescindía de la discusión del estatus y no ofendía la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. Lo que hacían era confirmar la idea de que era posible ser puertorriqueño en la colonia. En ese sentido, consiguieron sus aspiraciones. De eso no  me cabe la menor duda.

marzo 4, 2013

El Estado Libre Asociado y el Partido Nacionalista (1950-1954)


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La Insurrección Nacionalista de octubre de 1950 fue, entre otras cosas, una respuesta bien articulada a los retos políticos impuestos por la Guerra Fría, el  proceso de descolonización y la actitud colaboracionista del Partido Popular Democrático con las autoridades de Estados Unidos. La acción protestó además contra la Ley 53 o La Mordaza de 1948, contra la Ley 600 y contra la Asamblea Constituyente que por aquel entonces se planificaba. Pero sobre todo fue un arriesgado acto de propaganda que se elaboró con el propósito de llamar la atención internacional sobre el caso colonial de Puerto Rico y las posibilidades de la resistencia armada en el territorio. En un sentido simbólico representó la reinvención de la situación que produjo, con efectos análogos, la Insurrección de Lares en septiembre de 1868.

Residencia de Pedro Albizu Campos en San Juan

Residencia de Pedro Albizu Campos en San Juan

El centro militar de la conjura fue el barrio Coabey de Jayuya. La finca de la militante Blanca Canales (1906-1996) sirvió como  centro de entrenamiento y de mando, así como de depósito de armas para los rebeldes. Fue allí donde se proclamó la República y se izó la bandera de la Nación, muy parecida a la que en 1952 el Estado Libre Asociado de Puerto Rico oficializara como signo del país. Allí se fundó, como en Lares, la Nación Simbólica y se sacralizó su soberanía política.

El plan de los rebeldes era, una vez tomada la municipalidad de Jayuya,  resistir el tiempo que fuese necesario hasta que la comunidad internacional reconociera la beligerancia puertorriqueña y legitimara  su voluntad soberana. Algunos veteranos del ejército me comentaron en Jayuya en el 2008 que la selección de la localidad se había hecho sobre la base del notable potencial agrario de la región montañosa y sus posibilidades de sobrevivir en caso de que la insurrección no fuese efectiva en otras partes del país.  Las fuerzas nacionalistas de aquella localidad estaban al mando de Carlos Irizarry, militante que era, además, veterano de la Segunda Guerra Mundial.

El centro político o público fue, desde luego, San Juan donde se encontraba la casa del Partido Nacionalista y vivía su líder Albizu Campos. La Voz de la Nación era aquel abogado. La prensa puertorriqueña e internacional, miraría hacia donde él estuviese y los actos que se ejecutaran contra su persona con el fin de arrestarlo, servirían para proyectar el hecho de que en Puerto Rico se luchaba a favor de la descolonización por un camino alterno al que había marcado la Ley 600. Los centros rebeldes mejor preparados fueron los de los pueblos de Utuado, Mayagüez y Naranjito, pero la presencia de comandos nacionalistas era visible en una parte significativa de la isla.

Las acciones de Jayuya se combinaron con dos atentados suicidas que demostraban los riesgos que era capaz de tomar el Nacionalismo Revolucionario. El primero fue encabezado por el nacionalista y también veterano de guerra, Raimundo Díaz Pacheco (1906-1950)  y tuvo por objetivo la residencia oficial del gobernador Muñoz Marín , es decir, La Fortaleza. El otro estuvo compuesto por los militantes Griselio Torresola (1925-1950) y Oscar Collazo (1914-1994), quienes atacaron la Casa Blair, residencia temporera del presidente Truman en Washington. Ninguno de los dos magnicidios consiguió su objetivo pero el impacto propagandístico de ambos fue enorme.

Antecedentes inmediatos

La Insurrección Nacionalista estalló el 30 de octubre de 1950. Todo parece indicar que los días previos fueron de intensa preparación para una situación que Albizu Campos había planeado con mucha calma desde su salida de la cárcel de Atlanta en 1943.  Los registros del taquígrafo de  record y funcionario de la Policía Insular Carmelo Gloró documentan que el 26 de octubre, cuando se conmemoraba el día del natalicio del General Antonio Valero de Bernabé en Fajardo, Albizu Campos adoptó un tono marcial que inevitablemente resultaba en un llamado al combate inminente. Para quienes conocen el calendario patriótico del Partido Nacionalista, la relevancia de Valero de Bernabé y su vinculación con el mito bolivariano, explican por qué aquella fecha  resultaba idónea para informar a la militancia sobre la necesidad de una movilización.

Ataque a La Fortaleza en 1950

Ataque a La Fortaleza en 1950

El día 27 de octubre, un grupo de nacionalistas fueron detenidos por la Policía Insular mientras transitaban por el Puente Martín Peña en la capital. Durante la intervención  se les ocuparon dos pistolas  calibre  37, una subametralladora, cinco explosivos de bajo y mediano poder que incluían los clásicos coctel,  algunas bombas tipo niple y varias cajas de balas. Todo parece indicar que aquel acontecimiento fue crucial para que se tomara  la decisión de que la Insurrección sería el día 30 dado que se llegó a temer que aquellos arrestos fuesen la primera de una serie de actos represivos que pondrían en peligro el objetivo de los rebeldes.

El 28 de octubre estalló un motín en la Penitenciaría Estatal de San Juan bajo el liderato del presidiario  Pedro Benejám Álvarez. El mismo  desembocó en un escape masivo de presos. Benejám era también  veterano de guerra  y había sido traficante de armas robadas al ejército de Estados Unidos. Por aquel entonces se alegó que el motín estaba conectado con la conjura nacionalista y se aseguraba que Benejám estaba comprometido a suplir armas y hombres a la revuelta.

Durante los días 28 y 29 de octubre,  las tropas nacionalistas se movilizaron y se reconcentraron en el Barrio Macaná de Peñuelas. La residencia de militante  Melitón Muñiz Santos, fue usada como centro de distribución de armas y tareas para el evento que se acercaba.

Objetivos militares y el plan de combate

La meta principal de los Comandos Nacionalistas, conocidos desde 1934 como Cadetes de la República, fue la toma de los cuarteles de la Policía Insular, prioridad que parece demostrar la necesidad de armas que caracterizaba al movimiento rebelde. Aquel objetivo militar se unía a un plan concertado para ocupar las oficinas de teléfono y telégrafo locales con la intención de incomunicar las localidades una vez fuesen tomadas. Un segundo objetivo de los Comandos Nacionalistas fue ocupar las alcaldías, centro que representaban el poder colonial y el colaboracionismo de los populares con las autoridades estadounidenses.

El tercer objetivo fueron las dependencias del Gobierno Federal en Puerto Rico tales como los correos y las oficinas del Servicio Selectivo de las Fuerzas Armadas. El Partido Nacionalista había conducido una campaña muy persistente en contra de la participación de los puertorriqueños en el ejército estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.  Debo llamar la atención sobre otro elemento que me parece crucial. La Guerra de Corea, la primera confrontación violenta de la Guerra Fría, había iniciado en junio de aquel año y, como se sabe, ya en las primeras semanas de octubre la tropas de la Organización de la Naciones Unidas al mando del General estadounidense Douglas MacArthur, habían sido movilizadas contra los ejércitos de Corea del Norte y la República de China.  El mundo estuvo al borde de una conflagración atómica en aquel contexto por lo que la Insurrección Nacionalista de octubre de 1950, se iniciaba en un momento muy complejo en que la fiebre anticomunista dominaba el lenguaje político internacional.

Arresto de Pedro Albizu Campos en 1950

Arresto de Pedro Albizu Campos en 1950

La táctica utilizada fue la de las guerrillas urbanas. Se trataba de  bandas o grupos pequeños que se tomaban enormes riesgos militares hasta el punto de que algunos de ellos funcionaban más bien como  comandos suicidas. Los soldados nacionalistas más experimentados contaban, como se sabe, con formación militar en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y, todo parece indicar, que los nacionalistas constituyeron un ejército muy disciplinado y dispuesto a cumplir con las órdenes de sus superiores. Los logros militares más notables de aquel esfuerzo se redujeron al hecho de que Jayuya, el centro de la conjura, permaneció en poder de los Nacionalistas hasta el 1ro. de noviembre , pero la movilización de la Guardia Nacional, cuerpo militar que contaba con armas de repetición, morteros, artillería ligera y aviones de combate, forzó la rendición de la plaza con el fin, según algunos, de evitar la devastación del barrio. En aquel momento la desventaja en capacidad de fuego de los rebeldes se hizo patente.

Un juicio

La impresión que deja aquella situación es que, igual que en el caso de la Insurrección de Lares de 1868, la Insurrección de Jayuya parece haber sido también producto de la precipitación y la prisa. Los defensores de Jayuya no contaban con armamentos capaces de enfrentar vehículos blindados, ni con artefactos bélicos antiaéreos. Entre los pertrechos ocupados a los rebeldes había pocos explosivos de alto poder: las bombas tipo niple y los explosivos a base flúor parecen haber sido el límite de su capacidad explosiva.

Nacionalistas indultado por la administración de Roberto Sánchez Vilella en 1968

Nacionalistas indultado por la administración de Roberto Sánchez Vilella en 1968

El gobernador Muñoz Marín, la Policía Insular y la Guardia Nacional manejaron el asunto de una manera muy diplomática con el fin de evitar el golpe de propaganda que podría producir a nivel internacional un acto de represión masiva contra los rebeldes. El prestigio de Albizu Campos y su proyección mundial debieron pesar mucho en aquel momento. Ejemplo de aquella actitud cuidadosa fue el hecho de que nunca se declaró un “estado de emergencia” y que, con el fin de disminuir el efecto negativo que aquel acto podía tener sobre su imagen, Muñoz Marín pidió disculpas a Estados Unidos en nombre Puerto Rico y proyectó la Insurrección como un acto aislado y de poca relevancia.

Albizu Campos, arrestado en su casa tras una intensa resistencia, fue condenado a 53 años de  prisión. Su destino parecía ser morir en la cárcel. Sin embargo, la presión de una campaña humanitaria internacional  a favor de su excarcelación, provocó que el líder rebelde fuese indultado por Muñoz Marín en 1953.  Como dato curioso, el indulto se ordenó el 30 de septiembre de aquel año y Albizu Campos lo rechazó. Las autoridades carcelarias tuvieron que expulsarlo de la penitenciaria a pesar de su oposición.

Albizu Campos era un mito político muy poderoso, una figura que estaba, por decirlo de algún modo, más allá de la política cotidiana y de la domesticidad. Su proyección internacional como un mártir de la independencia era incuestionable. Reducirlo a las pequeñeces de la política local en tiempos de la Guerra Fría requeriría un esfuerzo monumental. Lo cierto es que figuras como la de Albizu Campos representaban una contradicción en aquella década del 1950 en la cual el Realismo Político y el pragmatismo se imponían en la vida política local. Albizu Campos era demasiado irreal para una generación política que había decidido someterse y ajustarse a la corriente que provenía de Washington.

marzo 3, 2013

El Estado Libre Asociado y el Partido Nacionalista (1946-1950)


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

La transición hacia el Estado Libre Asociado y su legitimación internacional (1946-1953), fue objeto de la crítica jurídica de figuras que estuvieron  estrechamente vinculados a la figura de Luis Muñoz Marín el Partido Popular Democrático. La opinión de Vicente Géigel Polanco, quien abandonó esa organización en 1951, el juicio de José Trías Monje en sus memorias, y los comentarios al Congreso de Estados Unidos firmados por Jack K. McFall, son un ejemplo de ello. Las tres fuentes convergían en que el proceso era una farsa jurídica. Las interpretaciones provenían de un militante popular que abrazó el independentismo, un popular soberanista y uno de los agentes que manufacturó el entramado del presunto proceso de descolonización en Washington.

Juan Maldonado Noriega, líder estudiantil (1948)

Juan Maldonado Noriega, líder estudiantil (1948)

Pero la crítica jurídica no fue la única reacción en aquel momento. El proceso, combinado con otras circunstancias particulares, estimuló al Partido Nacionalista a tomar otra vez, como lo había hecho en la coyuntura de 1930, el camino de la protesta violenta. Lo cierto es que desde diciembre de 1947, una vez Pedro Albizu campos regresó a Puerto Rico desde Nueva York, la militancia nacionalista atravesó por un proceso de reavivamiento notable. Otros sectores del independentismo que no compartían el pasado del Partido Nacionalista, también vieron en el retorno del líder al cual denominaban el Maestro, una oportunidad histórica que no podían dejas pasar por alto.

A principios de 1948, cuando un grupo de estudiantes de la Universidad de Puerto Rico arrió la bandera de Estados Unidos ubicada en la torre y puso la puertorriqueña que había servido de signo del nacionalismo político, ejecutaban por así decirlo un gesto de “saludo a Albizu Campos”. El hecho de que esa torre había sido bautizada con el nombre del presidente Franklyn Delano Roosevelt en 1939, tenía un valor simbólico extraordinario: Albizu Campos había sido un crítico exacerbado de aquel presidente y su política del Nuevo Trato siempre. El Rector Jaime Benítez, otro icono de la historia de la institución, ordenó la expulsión sumaria de los jóvenes que habían organizado la protesta: Juan Mari Brás, Jorge Luis Landing y Juan Noriega Maldonado. El castigo funcionaba como una censura de la expresión y la opinión, por lo que desató una huelga estudiantil de un fuerte contenido político.

La huelga estalló en abril de 1948 y entre mayo y junio, ya se estaba aprobando en la legislatura local la Ley 53 o Ley de la Mordaza que convertía en delito punible la expresión de ideas independentistas, nacionalistas o socialistas en el país. El lenguaje fundamentalista de la ley sigues siendo impresionante: predicar, organizar, publicar, difundir o vender información que fomentara el derrocamiento del régimen estadounidense eran equiparados ante la ley. En última instancia, “pensar” era un acto tan peligroso como “hacer”. Las figuras detrás de la aprobación fueron, hay que decirlo con propiedad, fueron el entonces Senador Muñoz Marín y el citado jurista Trías Monje. La calentura del Guerra Fría había contaminado a la clase política local controlada por el Partido Popular Democrático. Esta es una historia que se repite por lo que a nadie debe sorprender el giro a la derecha que esporádicamente domina a esa organización particularmente en el presente. La Ley 53 era un acto de sumisión al Congreso de Estados Unidos. No era sino la expresión local de Ley Smith de aquel país redactada a la orden de la Doctrina Truman y el anticomunismo. En aquel país numerosos dirigentes sindicalistas, socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas fueron objeto de vigilancia, persecución y represión. La Ley Smith estimuló la creación de “listas negras” en Estados Unidos y de “carpetas de subversivos” en Puerto Rico.

Juan Maldonado Noriega se dirige a los estudiantes en el Teatro de la Universidad

Juan Maldonado Noriega se dirige a los estudiantes en el Teatro de la Universidad

La huelga universitaria de 1948 representaba una amenaza a la tesis de Benítez de que la universidad debía ser un centro aséptico e ideológicamente inmune. La tesis de la Casa de Estudios negaba siglos de tradición intelectual en la cual la crítica y el reto ideológico se reconocían como unos cimiento respetables de la tradición Occidental. Para Benítez, ser Occidental en Puerto Rico en tiempos de la Guerra Fría, significaba todo lo contrario a lo que siempre había sido. La universidad era un espacio para el estudio y no para la participación ciudadana por lo que los estudiantes no poseían medios para la coordinación de sus reclamos tales como los Consejos de Estudiantes ni se debían organizar en grupos de opinión. En cierto modo, la participación y la política, estaban limitados a los administradores del poder.

Pensar que aquellas decisiones se tomaron por cuenta de Albizu Campos y los estudiantes universitarios rebeldes, sería reducir el fenómeno a la eventualidad local. Lo cierto es que Puerto Rico estaba entrando a la Guerra Fría como un personaje de relevancia reproduciendo las ideologías dominantes en Estados Unidos. El efecto que aquello pudiera tener en frenar la “ola revolucionaria” era cuestionable. Albizu Campos lo demostró de inmediato cuando, en junio de 1948, retó la censura en un discurso público en el pueblo de Manatí. Las consecuencias de ello fueron las esperadas. La vigilancia sobre las actividades por parte de la Policía Insular, cuerpo creado  en 1899 por una Orden Militar, aumentó. Albizu Campos tenía asignado un policía taquígrafo que firmaba con el nombre  Carmelo Gloró, llevaba récord de sus discursos con el fin de recuperar prueba para, en el futuro, establecer el acto delictivo. Bajo aquellas condiciones la violencia parecía una salida inevitable y justificada.

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