Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

diciembre 23, 2009

Albizu: De la admiración a la reflexión

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

Pedro  Albizu  Campos  y  el  nacionalismo   puertorriqueño del Dr. Luis Ángel Ferrao, es un libro inquietante que nos conduce, invariablemente, a revisar muchas de las ideas que tradicionalmente habíamos sostenido en torno al fenónemo histórico del albizuismo en Puerto Rico. Como texto es un modelo de fina investigación que precisa una lectura sosegada y desapasionada. Libro desmitificador, sobre todo, su mayor virtud reside precisamente en que la ruptura con el mito de Albizu se cimenta en una sólida base documental inédita, y en un contexto ideológico que lejos de tratar de explicar la evolución del nacionalismo puertorriqueño de los años 1930 a 1938 en el marco meramente insular, ubica dicho proceso de evolución en el escenario mayor de la política internacional y sus efectos en el activismo puertorriqueño.

Es cierto que buena parte de los planteamientos del Dr. Ferrao habían sido debatidos en privado y en público por investigadores puertorriqueños y aún en el seno de las organizaciones de izquierda en las últimas dos décadas. Sin embargo, la sistematización  de dichas dudas, la organización del referido debate tiene en el Dr. Ferrao y su libro un alcance mucho mayor.

Este libro es lectura obligada para los estudiosos del siglo XX aparte de las convicciones políticas que atesoren cada uno y que puedan ser conflictivas con el contenido del texto. El Dr. Ferrao abre ahora un nuevo ciclo dentro de la historia revisionista y crítica que, por fortuna, hemos visto desarrollarse en Puerto Rico en los últimos veinte años. Su valor peculiar es que ese espíritu revisionista ahonda, a pie firme, en la praxis de una de las figuras más veneradas de este siglo XX nuestro: Albizu Campos.

La interpretación socio-racial del pasado puertorriqueño desde el siglo XVIII al XX tiene parentescos obvios con los juicios del Dr. José Luis González, deudas indirectas con los trabajos investigativos de los Dres. Sued Badillo y López Cantos o los trabajos lingüísticos del Dr. Álvarez Nazario. Ahora el Dr. Ferrao le da sentido a ese juicio y nos permite entroncarlo diáfanamente con el siglo XX en su contexto político-social. Puerto Rico aparece como un pueblo cuyo cimiento nacional se ofrece a lo largo de un siglo XVIII eminentemente mulato o negro. Pero al momento de cristalizar esa nacionalidad, elementos como la inmigración extranjera y el blanqueamiento progresivo del país, la tuercen hacia rumbos distintos. La mutilación de la clase criolla nacional durante el siglo XIX y su fragilidad ante los extranjeros privilegiados, explica en cierto modo la perpetuación del estado colonial en nuestro país. En ese ámbito, la figura de Albizu es una gran   paradoja.

Estamos    ante    un   mulato   descendiente   de esclavos por la vía materna cuya visión política recoge las inquietudes de ese sector blanco extranjerizante y autoritario de mediados y fines del siglo XIX. Estamos ante lo que César Andréu Iglesias hubiese llamado “un hombre acorralado por la historia”. En ese contexto el juicio del Dr. Ferrao en torno al liderato nacionalista es aclarador. Un segmento de la cúpula nacionalista descendía de migrantes privilegiado en el siglo XIX y había venido a menos a raíz de la invasión de 1898. Sus problemas con el estatus colonial de Puerto Rico eran explicables, en parte, a partir de esa premisa. Ya hemos visto como el Dr. Ricardo Camuñas interpretó las inquietudes de los Revolucionarios de Lares de 1868 en términos parecidos; y como la Dra. Olga Jiménez ahondó en dicho asunto en su estudio en torno a los hombres de dicha Revolución. El patrón de análisis es objetivamente novedoso en lo que concierne al fenómeno nacionalista del siglo XX y eso es un valor incuestionable del texto que enjuiciamos.

Es cierto que ello no explica la relativa masificación del nacionalismo en los primeros años de la década del ’30, pero abre un camino sumamente interesante para los investigadores en el campo que permitirá la dilucidación de la variedad de causas para la vinculación de sectores de las masas populares, marginados y mulatos con la causa independentista. Hispanofilia y antiamericanismo, elementos eminentemente subjetivos; miseria y explotación, elementos eminentemente concretos y objetivos, nos parece están en la base de la explicación de esa masificación del nacionalismo albizuista del primer quinquenio de la década del ’30.

Los problemas políticos de esa masificación, la poca estabilidad del control del Albizu, lo perecedero de su influencia en las masas populares, se aclaran en la medida en que consideramos tres asuntos cardinales: la espiral autoritaria según la denomina el Dr. Ferrao, el programa social del Partido y lo que podríamos llamar el sectarismo nacionalista, la idea preconcebida de que sólo el Partido era un medio castizo para conseguir la independencia. De un modo o de otro, todos esos elementos están discutidos por José Monserrate Toro Nazario en su “Carta a Irma” (1939) y en la nota cursada por Antonio Pacheco Padró al Partido Nacionalista en 1933.

La concentración del poder en manos de Albizu, nos dice el Dr. Ferrao, y la tolerancia que hacia ese fenómeno mostró la cúpula partidaria, permitió que se abriera un proceso de resquebrajamiento organizativo entre 1932 y 1938. Ese fue un proceso continuo pero diverso, como veremos inmediatamente. La proyección de ese autoritarismo se hizo más patente entrada la década del 1940 (1946-47), cuando buena parte de los comunistas fueron separados de la organización sobreviviendo   una   significativa minoría  entre los cuales se hallaba Juan Gallardo Santiago, dirigente sindical, nacionalista militante y comunista convencido desde mediados de la década del ’30. Esto lo sabemos por testimonio de Gallardo Santiago cuyas memorias, reveladoras por demás y de extrema importancia para la interpretación de la tesis del Dr. Ferrao, conservamos en nuestro archivo particular.

Personas como Gallardo, que no debieron ser pocas, tuvieron que sentir disgusto con un programa social que pretendía restituir una pequeña burguesía terrateniente en el poder y crear las condiciones para el desarrollo de una clase burguesa y administradora que manejara la futura república. El caso de Antonio Pacheco Padró y su rechazado programa de reivindicación obrera, es claro en este sentido (p. 182-3, 345-7). El asunto es que Gallardo, como Albizu, era otra paradoja histórica porque si bien era de ascendencia asturiana, como señala el Dr. Ferrao, no estaba dentro de las filas conservadoras y anti-revolucionarias en el seno del Partido Nacionalista ni era un privilegiado. Por el contrario, estando preso tomó conciencia de que Albizu no era el dirigente para la Revolución bajo la influencia de cubanos revolucionarios. Para ellos, y para Gallardo los importantes eran aquellos que como él, eran obreros. Gallardo, pues, entendía la problemática desde la perspectiva de que a una Revolución Nacional había que anteponer una Revolución de contenido social. Consciente de ello, a pesar de su filiación Nacionalista, había colaborado con el Partido Comunista desde su fundación en 1934.

Hay que decir que Gallardo permaneció fiel a Albizu hasta que la práctica lo sacó de aquellas estructuras anquilosadas para sus aspiraciones. Los nacionalistas que conocieron a Gallardo dicen que él se dio cuenta de que lo más importante en ese momento (1930-1940) era ser nacionalista y no socialista, pero la praxis desmiente a los que sostienen esa probabilidad. Las memorias y papeles de Gallardo son un testimonio claro de un comunista convencido fiel a Albizu que aguarda pacientemente un cambio ideológico que nunca se daría en el Partido.

Gallardo apoyó totalmente la gestión armada militar de Albizu que fue el ápice de las divisiones internas de 1935, y nos tememos, por testimonio de sus memorias, que los explosivos colocados en el local del Partido Independentista de Puerto Rico en noviembre de 1934, los colocó él y no Claudio Vázquez Santiago como decía El Imparcial de la época (p. 204). Por eso Vázquez Santiago salió absuelto. Para Gallardo, quien a la sazón era el vice-presidente de la Junta Nacionalista de Mayagüez, aquello era un escarmiento a los de línea blanda que, encabezados por los hermanos Perea y Regino Cabassa, separaron la Junta de Mayagüez en 1934 en abierta disidencia.

Decimos esto porque entendemos que Gallardo no era conservador. Era sólo tolerante con el “albizuismo”, según lo define el Dr. Ferrao, aunque su origen dijera lo contrario. Por eso   en   sus   memorias   se hacen patentes  toda una serie de recelos atípicos en esta generación de luchadores. Con su natural humor Gallardo cuestiona que siempre al referirse a su persona lo señalaban como un nacionalista que había estado preso con Albizu, cuando también podía decirse: “Albizu fue preso con Juan Gallardo. Las acusaciones y las sentencias eran igual(es)”. En el fondo Gallardo se quejaba del caudillismo albizuista y de la visión errada por demás de que la lucha era producto del esfuerzo de un solo hombre.

Lo interesante es que cuando se planifica el ataque al Congreso de los Estados Unidos, Gallardo recibió instrucciones para que formara parte del comando, pero no pudo o no lo dejaron participar. Las razones no están claras, pero a esa altura el comunismo de Gallardo pesaba más que su nacionalismo y fidelidad absoluta a Albizu.

Juan Santiago Santiago, ex-preso político nacionalista

Narramos este caso porque el de Juan Gallardo pudo ser uno de muchos otros en el seno de la organización. Y esto empalma con el tercer criterio mencionado: la idea de que el nacionalismo era la única alternativa viable política y éticamente para hacer la República de Puerto Rico. Gallardo y otros muchos no pensaban eso. Ese podía ser el criterio de un sector de la cúpula, pero la historia se encargó de demostrar que había que dejar espacio a otras alternativas pacíficas, diplomáticas y sociales. En todo caso la confrontación causada por el radicalismo albizuista podía ser “ingenua” y “temeraria” (p. 161), pero no dejaba de ser heroica y ejemplar.

Volviendo, por último, al modelo autoritario albizuista Y su proyección en la futura república, el asunto merece consideración aparte. Resulta obvio que Albizu era autoritario y de mano dura. La tesis del Dr. Ferrao no deja lugar a dudas. También queda claro que la militarización del partido tuvo mucho que ver con ello. El caso del dictador Trujillo es dramático a este respecto. Por eso la preocupación de José M. Toro Nazario en su Carta a Irma.

En Puerto Rico la prensa independentista tuvo un criterio dividido en cuanto a cómo enjuiciar el régimen trujillista. El silencio de la oficialidad del Partido Nacionalista y la censura del periódico La Palabra a la discusión de ese tipo de temas (p. 241), tuvo que alejar a muchos demócratas de la organización. Particular es el caso de la poeta María López de Victoria de Reus, mejor conocida    por el seudónimo de Martha Lomar.

Desde las páginas de El Imparcial y Alma Latina, Lomar desplegó una amplia tarea literaria. Junto a ello se convirtió en una propagandista de la oposición al trujillismo y todo lo que ello implicaba en términos de la violación de los principios democráticos. A fines del año 1931, Lomar fue invitada a visitar la República Dominicana por el propio dictador a través del poeta Noel Henríquez para que corroborara sus opiniones sobre el terreno.

De más está decir que el viaje, de apenas 15 días, cambió dramáticamente las   opiniones   de Lomar  transformando toda la inquina en admiración al alma caballeresca y tenoria del dictador Trujillo. El diario de ese viaje, titulado Trujillo y yo, redactado en 1931 y publicado en 1959, es toda una alabanza romántica a Rafael Leónidas Trujillo y demuestra cuán proclives eran los independentistas puertorriqueños a la admiración de modelos autoritarios.

La poeta es sincera en su rechazo a las ideas democráticas cuando dice: “Cada vez estoy más convencida del fracaso de nuestra democracia…”, y claramente justifica los autoritarismos incluso como un mecanismo divino o místico inexplicable: “Los poderosos -dice- son elegidos del Señor, quien los utiliza para fines que ignoramos…”. Ello era una clara alusión a la función histórica de Trujillo, y una defensa nada velada a los regímenes de mano dura. La cuestión es clara: si en manos como éstas estaba la construcción de la independencia, no podíamos esperar otra cosa que gobiernos autoritarios en caso de concretarla.

Lomar estuvo cerca del Partido Nacionalista y en 1936 fue parte del nutrido grupo de intelectuales puertorriqueños que reclamaron el sobreseimiento de los cargos contra Albizu y sus compañeros. Albizu y su gente, respondían al espíritu de la época cargado de caudillismos y autoritarismos por el rumbo de la derecha, y de estalinismos férreos por la ruta de la izquierda.

Pedro Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño desdobla muy responsablemente el proceso de análisis   en torno a la figura de Albizu. Con este criterio modelo del Dr. Ferrao tenemos que volver sobre el nacionalismo de los años 1938-1947 y sobre la experiencia revolucionaria de 1948-1954. Con ello tendremos a un Albizu completo y podremos, como decía Hostos, transformar la admiración en reflexión sosegada. Ese es el tuétano de la historia y no otro. El Dr. Ferrao ha colocado una primera piedra en ese dramático proceso.

En Hormigueros, P.R. a 11 de septiembre de 1991.

Publicado en Cupey. Revista de la Universidad Metropolitana. Vol VIII (1991) 156-164.

diciembre 22, 2009

Nacionalismo revolucionario puertorriqueño: reflexiones

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

El libro Nacionalismo revolucionario puertorriqueño (2006) de Michael González-Cruz, representa una excelente aportación a la historiografía de las izquierdas. El tema del papel táctico y estratégico de la lucha armada en las luchas políticas y sociales no es común. La discusión de estos asuntos está siempre mediada por la postura del emisor pero, a fin de cuentas, esa es una característica de todo discurso. El lector corriente y el profesional tienen que ser muy críticos a la hora de enjuiciar los mismos.

La premisa de González-Cruz es que el nacionalismo revolucionario ha sido el elemento unificador de las resistencias políticas más emblemáticas de los siglos 19 y 20. La codificación nacionalismo revolucionario implica que hay otro nacionalismo que no lo es y que a veces se identifica con lo que Pedro Albizu Campos llamó nacionalismo ateneísta en 1930, y Luis Muñoz Marín nacionalismo malo en la Conferencias Godkin de 1959. Albizu Campos se refería a la tradición de José de Diego y su definición incluiría al nacionalismo cultural de la tradición populista actual. Muñoz aludía de manera directa al albizuismo.

González-Cruz establece una propuesta interpretativa en tres etapas. Una primera fase decimonónica que voy a llamar separatismo revolucionario la cual gira alrededor de la revolución de 1868 pero incluye violencia de 1897 y 1898 durante la invasión de Estados Unidos. Prosigue una segunda fase que llamaré nacionalista revolucionaria que gira alrededor de las actividades del Partido Nacionalista entre 1933 y 1954. Se trata de la experiencia que Muñoz Marín pretendió relacionar con el franquismo y el fascismo italiano y alemán.

Y una tercera fase a la que me referiré como de izquierda revolucionaria que se inicia en los años 1960 y está asociada a los grupos armados y al movimiento de liberación nacional. Ese proyecto creció alrededor del anticolonialismo tercermundista y la ideología jurídica de la autodeterminación. En aquella fase convergió una variedad de artefactos ideológicos de la ilustración por la vía del nacionalismo liberal; y socialistas en la tradición del “Socialismo en un Solo País” de José Stalin. La izquierda revolucionaria del 1960 creció influida por el retroceso de la tradición liberal y democrática ante el nacionalismo de derecha de la Segunda Guerra Mundial. Gonzalez-Cruz es uno de los pocos autores que no denomina como socialistas o marxistas las prácticas discursivas de aquella época y que solo lo fueron de manera parcial.

Visto a la distancia aquella izquierda revolucionaria y la experiencia del 1968, fueron la mejor expresión del anticolonialismo y la autodeterminación.  Pero, como se sabe, ambas eran doctrinas del fin de la Primera Guerra vinculadas al pensamiento leninista y wilsoniano que la Segunda Posguerra afirmó. Despojar a los europeos de sus posesiones en el mundo era un medio de colocar aquellos mercados a expensas del poder soviético o americano. Esas dos potencias aprendieron a convivir de manera pacífica en la época de la Guerra Fría. Las virtudes de la descolonización no niegan que ella fue la embocadura del neocolonialismo.

La utilidad de una revisión por etapas es que el procedimiento faculta la apropiación comparativa de momentos distantes en el tiempo. La metodología facilita la determinación de las correspondencias o elementos comunes y de diferendos o contradicciones entre los mismos. Pero la revisión por etapas también plantea problemas. En muchas ocasiones el método fuerza al investigador a homogeneizar lo que de otro modo sería heterogéneo. A menudo se evaden los matices y contrastes entre etapas e incluso dentro de una etapa. El procedimiento puede convertirse en un “Lecho de Procusto” al cual hay que acomodar la información podando elementos contrapuestos.

Los libros me gustan cuando me ponen a pensar. Cuando puedo establecer un diálogo con ellos. Nacionalismo revolucionario puertorriqueño consigue esa meta y sé que la conseguirá con otros lectores. La tesis de González-Cruz establece el nacionalismo revolucionario como el rasgo común a las tres etapas. En los tres casos la misión fue crearle una crisis al poder dominante como paso inicial a la ejecución de sus fines estratégicos. Mi lectura me condujo a tratar de establecer los parámetros de la heterogeneidad entre fases porque reconozco que el nacionalismo revolucionario no es un discurso uniforme. El reconocimiento de esa heterogeneidad puede ofrecer unas pistas respecto a hacia dónde se dirige después de 2005.

El separatismo revolucionario del siglo 19 que modela González-Cruz fue un movimiento anti-clerical y en ocasiones anticatólico, de fuertes raíces ilustradas y racionalistas con componentes irracionalistas románticos. Se caracterizó porque se expresó primero en las luchas públicas y terminó combinándolas con las clandestinas. Aquella presencia pública estaba garantizada por el hecho de que sus cuadros principales provenían de los sectores potentados, educados y privilegiados. Su meta era una guerra nacional estimulada por pequeños núcleos o elites, gestión que necesitaba del apoyo de una invasión militar con respaldo internacional. El proyecto anticolonial era un proyecto antiespañol que conducía a la independencia en algunos casos. En otros pensó en la integración de Puerto Rico a México o Gran Colombia o a Estados Unidos. Su discurso nacionalista fue afrancesado, recogía influencias de la democracia radical y el jacobinismo, y coincidía con la discursividad de de Renan. En ese marco González – Cruz incluye las luchas sociales de las “Partidas Sediciosas” 1898.

Sin embargo, esa definición excluye otros espacios de la violencia política del siglo 19 tales como las sociedades incendiarias y las sociedades abolicionistas, el abolicionismo afropuertorriqueño monarquista y republicano, las conspiraciones militares de 1838 y 1866, y las luchas económicas del boicott de1887. El hecho de que el estado español identificara aquellos movimientos como separatistas revolucionarios, abre las puertas para indagar las formas en que el separatismo aprovechó espacios diversos de resistencia de manera original.

La fase nacionalista revolucionaria que el autor ubica entre 1933 y 1954, fue pro-clerical y pro-católica en la cúpula, y flexible con otros cristianos y no cristianos. Pero la ideología dominante percibía el cristianismo como un valor intrínseco de la nación en el modelo irlandés. Aquel nacionalismo revolucionario mostró un fuerte componente alemán en la medida en que afirmó, a la manera de Herder y los ideólogos de la generación del 1930 en Puerto Rico, el papel protagónico del medioambiente y la geografía como factor crucial del volkgeist o el espíritu nacional. Su discurso público estuvo dominado por el irracionalismo de raíces románticas, combinado con un pensamiento jurídico legalista bien estructurado que se expresó en luchas públicas, diplomáticas e internacionales.

Por último, sus milicias se organizaron sobre la base del deber, el honor y el sexismo. Los “Cadetes de la República” y el “Cuerpo de Enfermeras,” un dístico equivalente a lo “Maestros Masones” y las “Estrellas de Oriente,” eran entidades que se exhibían desarmados ante el pueblo. Las Enfermeras se configuraron en la tradición de la Cruz Roja Internacional como un cuerpo humanitario, no militar. El entrenamiento militar que recibían era defensivo, no ofensivo y constituían un ejército de infantería que en 1950 todavía no tenía capacidad militar para enfrentar un tanque. Las bombas tipo niple no eran comunes en el arsenal de los insurrectos del 1950 de acuerdo con los informes policíacos. Para aquellos soldados sacrificar la vida por la causa era más importante que preservarla para hacer la revolución. El clandestinaje no era compatible con un ejército que desfilaba ante la policía armada como se hizo en Marzo de 1937 en Ponce. Sus objetivos fueron signos del poder público extranjero (correos, dignatarios), objetivos para buscar abastos militares (cuarteles de la policía, arsenales) o nervios del sistema (telegrafía y telefonía). En términos de ideas, los nacionalistas revolucionarios tomaron distancia de la tradición del 1868. Las alusiones son pocas y, en general, prefirieron la tradición militar de la generación bolivariana que los civiles armados de 1868, 1897 o 1898.

En la izquierda revolucionaria posterior al 1960 la cuestión del clericalismo ha perdido importancia. La presencia pública se articuló acorde con la evolución de los media y la información. La finalidad de aquellos grupos fue ejercer una presión militar selectiva y esporádica desde el clandestinaje y proteger la integridad de los grupos de la penetración y la represión policial y federal. Los espacios de expresión evolucionaron de la guerrilla rural filiada a Guevara, Mao y Ho Chi Minh, como es el caso del MAPA (1960); hacia la experiencia de la guerrilla urbana elaborada sobre la O.L.P. (1964). Sus objetivos originales fueron signos de poder económico (centros de consumo esclavizante, comercios, hoteles y empresas) como es el caso de los CAL (1963). Se trata de una de las fases más interesantes que prefigura los objetivos de la lucha armada en la era de la globalización y macdonalización de la economía. Pero de inmediato derivó hacia los signos de poder militar y financiero (bases, edificios federales, la banca) como ocurre con el PRTP-EPB (1978), y la lucha comunal según la experiencia de la FALN (1974). El análisis de la evolución de los patrones tácticos a la luz de la crisis económica internacional de 1971 y 1973 es crucial. Con ello se puede demostrar que no se trató de una rebeldía vacía de contenido sino de la repuesta a un momento de crisis.

El elemento en común o hilo conductor entre las tres etapas es el recurso a la violencia, la clandestinización de los rebeldes y el establecimiento de relaciones con la sociedad civil por medio de un discurso que afirma que los grupos armados traducen las aspiraciones del pueblo. Como se sabe entre 1975 y 1985 una razzia barrió buena parte de los grupos armados internacionales nacidos de la crisis de estagflación iniciada en 1971. Ese fue el caso de la “Fracción del Ejército Rojo Alemán-Baader-Meinhof” y de las “Brigadas Rojas” de Italia. Los arrestos de 1985 y 1986 que lastimaron al EPB-M y a la FALN fueron parte de aquel ciclo.

Para la discusión de la situación de independentismo hoy, Nacionalismo revolucionario puertorriqueño de Michael González-Cruz puede ser crucial. No se trata de la institución de un monumento sobre el cual pernocten las palomas.  Se trata de un debate serio en el momento en que se necesita.

Comentario sobre libro:  Michael González-Cruz. Nacionalismo revolucionario puertorriqueño. La lucha armada, intelectuales y prisioneros políticos y de guerra. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra editores, 2006. 168 págs.

noviembre 29, 2009

Mensaje en la víspera de las elecciones de 1952

  • Gilberto Concepción de Gracia
  • Presidente del PIP

Ya faltan sólo siete días para que nuestro electorado acuda a las urnas —el 4 de noviembre— a decidir con sus votos si ha de continuar el gobierno irresponsable y despilfarrador que padecemos rigiendo los destinos de nuestra patria, o si ha de poner las riendas del gobierno en manos capaces y responsables al pueblo de Puerto Rico.

El Partido Independentista Puertorriqueño, el nuevo partido que el pueblo ha creado con un nuevo programa y una nueva actitud ante los problemas de administración pública, comparece ante la conciencia honrada de nuestras muchedumbres campesinas y obreras y de la clase media, y les pide su voto en las urnas el próximo 4 de noviembre para terminar con el desgobierno, con la corrupción, con la irresponsabilidad, con el atropello y con el sistema colonial. Para lograr tal objetivo es preciso hacer el 4 de noviembre una cruz —una sola cruz— debajo de la bandera de la cruz, que es la insignia del Partido Independentista Puertorriqueño en la papeleta electoral.

Ayer demostré que el Partido Popular, a consecuencia de la traición de su Presidente y hoy gobernador colonial de Puerto Rico, no cumplió con la promesa que le hiciera al electorado de liquidar la colonia en nuestro suelo.

Revelé detalles de dos conferencias sostenidas con el Presidente del Partido Popular y hoy gobernador colonial de Puerto Rico en 1944 en las que él contrajo el compromiso de presentar para su aprobación en la legislatura legislación encaminada a poner fin a la colonia mediante la consulta al pueblo, en unas elecciones especiales, de si quería que Puerto Rico se constituyera en un pueblo libre o fuera admitido como un estado federado norteamericano.

Indiqué que el gobernador de Puerto Rico y Presidente del Partido Popular no cumplió su palabra empeñada. Agrego ahora que no la cumplió, a pesar de que me autorizó, al hacer el compromiso, a aplicarle los calificativos más fuertes si no cumplía su palabra.

Invité hoy al Presidente del Partido Popular, y a un mismo tiempo Gobernador colonial de Puerto Rico, a negar mis palabras, si podía, y de aceptarlas, como es de rigor que las acepte, a explicar las razones que tuvo para violar su compromiso y el compromiso del Partido Popular Democrático, de resolver el problema de status político sobre la base de una consulta pública, hecha directamente al pueblo, para que éste dijera si quería su soberanía en la independencia o si la quería en la estadidad, únicas fórmulas de status político proclamadas por Muñoz Marín como capaces de dotar de soberanía, o sea, de autoridad política última, al pueblo de Puerto Rico.

Muñoz Marín no ha contestado mi pregunta todavía, pero tiene la oportunidad de hacerlo dentro de breves minutos. Yo espero que lo hará.

Ahora bien, a partir de 1945 Muñoz Marín, a pesar de realizar actos contrarios a la independencia, le decía a los populares en privado que él era independentista y que en su oportunidad él haría la independencia de nuestra patria. Llamaba impacientes a los que querían que no se esperara más y caracterizaba como inoportuna toda reclamación de que se nos reconociera nuestra soberanía.

Así como tomó como pretexto de 1940 a 1944 el que el Partido Popular no tenía de dominio de ambas cámaras, de 1944 a 1948 se amparó en la alegación primero de que había que esperar que terminara la segunda guerra mundial y después que había que esperar que subieran nuestros índices económicos.

Había que esperar, que esperar, que esperar. Siempre la espera. Mañana sí, pero nunca hoy. Esa era la filosofía engañosa y perversa que ponía en práctica Muñoz Marín.

Le decía a los populares que no acudieran a los Congresos Pro Independencia porque él iba a hacer la independencia. Argumentaba que tenían que mantenerse todos los líderes en silencio, que había que hacer el sacrificio del silencio, para no poner en peligro el advenimiento de la independencia traída por él, Luis Muñoz Marín.

A mí me dijo personalmente en 1944 que era independentista, que el silencio que había mantenido por espacio de cuatro años le había quemado las entrañas y me gritó, citamos: “Gil­berto, Quítame esas amarras, Quítame esas amarras”. Cuando así hablaba se refería a que quería que le escribiera la carta que a solicitud suya le envié, consultándole cuándo iba el Partido Popular a hacer la consulta sobre status político.

Después de celebradas en Washington las vistas en torno al proyecto Tydings, yo denuncié ante el país las prácticas saboteadoras de la independencia y de la estadidad, realizadas en Washington por Luis Muñoz Marín.

Yo era entonces Presidente del Congreso Pro Independencia. Muñoz Marín declaró incompatible la condición de popular con la condición de miembro del Congreso Pro Independencia. Pero le dijo a los miembros de su partido que él era independentista y que él iba a traer la independencia a Puerto Rico.

Llegadas las elecciones de 1948 hizo grandes esfuerzos para atraerse a los partidarios de la independencia y de la estadidad. Con ese propósito hizo aprobar unas bases programáticas en las que el Partido Popular, a solicitud de su Presidente, se comprometía a gestionar del Congreso la aprobación de una ley mediante la cual se facultara a nuestra legislatura para, en cualquier momento que entendiera que el desarrollo económico del país lo justificara, consultar al pueblo sobre si quería la independencia o la estadidad, fórmulas que fueron declaradas como las que pueden resolver el problema de soberanía de Puerto Rico. Muñoz hizo además el compromiso en el programa de gestionar del Congreso el que se comprometiera a respetar el derecho de opción del pueblo de Puerto Rico. En otras palabras, Muñoz se comprometía a obtener del Congreso que pusiera en manos de la legislatura el poder de declarar cuándo se debía consultar a nuestro pueblo sobre el problema del status político y a obtener una declaración del Congreso comprometiéndose a respetar la voluntad expresada en las urnas por el electorado puertorriqueño.

Muñoz  no cumplió su promesa. Por el contrario, después de las elecciones de 1948 Muñoz se dedicó a combatir tanto la independencia como la estadidad. Abiertamente empezó a meterle miedo al pueblo y a tratar de desacreditar el estado y la independencia.

Manifestó que a la puerta de la independencia estaba un toro bravo para fajarnos y a la puerta de la estadidad un tigre hambriento para devorarnos. Así se burló Muñoz de los millares de independentistas que todavía en 1948 creían en él y votaron por él creyendo que era independentista.

En 1949 Muñoz intensificó su campaña en contra de la independencia. La combatió en todo foro: ante el pueblo de Puerto Rico, ante la Conferencia de Territorios Dependientes, ante la Organización de Estados Americanos, ante el Congreso de Estados Unidos y ante todo el mundo civilizado. Se convirtió entonces en un aliado abierto de las fuerzas reaccionarias que quieren mantener a nuestra patria en estado de coloniaje.

Se entregó en manos de los ricos, de los poderosos, de los latifundistas, de los banqueros, de los pulpos navieros, de los inversionistas ausentes, de los bonistas de Wall Street, de las fuerzas de la gran finanza, en fin, de todos aquellos intereses que se benefician con la colonia y no quieren la libertad de Puerto Rico.

Entonces sus amigos dejaron de ser los defensores de la independencia en el Partido Popular y fueron sustituidos por los coloniales y por los renegados del ideal.

De ahí en adelante, los hombres y mujeres que ayudaron a funda el Partido Popular Democrático; aquéllos que siguieron a Muñoz en el Partido Liberal Puertorriqueño; aquéllos que con él fundaron Acción Social Independentista; aquéllos que se fueron del Partido Liberal porque él había sido expulsado en Naranjales; aquéllos fueron declarados enemigos del pueblo.

Muñoz quiso negarles la sal y el agua. Quiso destruirlos. Quiso pulverizarlos. Quiso eliminar todo vestigio de independencia en nuestra patria.

Fue entonces que conspiró para que se aprobaran la Ley 600 , y la mal llamada Constitución en un intento maquiavélico para destruir el movimiento independentista y perpetuar la colonia en nuestro suelo con el consentimiento de los propios puertorriqueños.

Muñoz utilizó entonces ilegalmente el poder público y usó a mares el oro corruptor para matar en el alma del pueblo el santo ideal de independencia.

Un día, en Jayuya —el 2 de junio de 1951;— creyéndose dueño y señor de todas las voluntades en Puerto Rico, hizo su más rudo ataque contra la independencia y declaró que la defensa que en el pasado había hecho del sagrado ideal era, citamos, “un error de juventud”.

Esa es la historia de la traición de un hombre que vendió su primogenitura por un plato de lentejas. Esa es la historia de la traición de un hombre que pudo ser un capitán de almas y que, triturado por la colonia, se convirtió en un lacayo de las fuerzas que mantienen a Puerto Rico en estado de coloniaje. Esa es la historia triste del hombre que el pueblo deberá derrotar en las urnas el próximo 4 de noviembre, haciendo una cruz debajo de la bandera de la cruz redentora del Partido Independentista Puertorriqueño.

En breve él hablará por esta estación. Conteste esa pregunta: ¿Por qué usted, Luis Muñoz Marín, traicionó el ideal de la independencia y a los independentistas que con usted hicieron el Partido Popular para lograr la independencia?

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Tomado de Pablo Marcial Ortiz Ramos, ed. En nombre de la verdad. San Juan: Instituto Gilberto Concepción de Gracia, 2007: 215-219.

Comentario

El documento del Lcdo. Giberto Concepción de Gracia resume la interpretación que el independentismo no violento y electoral maduró para explicar el giro ideológico de Luis Muñoz Marín. Los momentos claves del cambio ideológico fueron, de acuerdo con Concepción de Gracia, las elecciones de 1940 y 1944. Lo que sugiere el argumento es que la necesidad de ganar los comicios justificó la moderación del PPD. Sólo cuando el PPD está seguro de que puede ejecutar un cambio estatutario -1950- se hace pública la renuncia de Muñoz Marín a la independencia. El alegato clásico de que se trató de un “error de juventud”, se realizó en Jayuya en 1951, después de la derrota de los insurrectos nacionalistas.

Es curioso que Concepción de Gracia no mencione la Ley 53 o Ley de la Mordaza entre los argumentos para confirmar el anti-independentismo de Muñoz Marín. En Puerto Rico la misma fue interpretada como una ley “antisubversiva” y “anticomunista” y el PIP compartía esos valores con el PPD. En las elecciones de 1952, Concepción de Gracia se negó públicamente a aceptar los votos que le ofrecía el Partido Comunista Puertorriqueño y César Andréu Iglesias por temor a que calificaran al PIP como una organización subversiva.

La idea de que Muñoz Marín “traiciona” al pueblo, se cimenta sobre la percepción liberal de que la independencia es un “derecho natural” y un “destino inevitable”. La traición es contra el “estado natural” de los pueblos. Por eso el lenguaje acusatorio recuerda en ocasiones un sermón moral.

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