Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura

mayo 8, 2011

Salvador Brau: la Insurrección de Lares


Capítulo XXIV Abolicionistas y separatistas (…)

Desarrollo intelectual.

Vano era el empeño de sofocar las manifestaciones del pensamiento cuando se abría ancha puerta a la comunicación universal de las ideas, por Santomas, que facilitaba el contrabando de libros y por los Estados Unidos e Inglaterra, cuyos buques, en solicitud de azúcar y miel, recorrían todo el litoral, conduciendo periódicos, revistas en inglés y en español, y manteniendo correspondencia epistolar donde palpitaba la actividad intelectual del mundo culto.

De los colegios privados y de las escuelas públicas surgía una juventud inteligente que ingresaba en el profesorado, acudía a Nueva York a ejercitarse en prácticas mercantiles o marchaba a Europa, a obtener, con el doctorado en medicina o la licenciatura en derecho, un acopio de principios racionales y equitativos.

Desde octubre de 1841 se había establecido en la capital una Real Subdelegación de Farmacia, que proporcionó nueva carrera profesional a la juventud y cauce de difusión a las ideas. En las tertulias nocturnas formadas a las puertas de las boticas, discutíanse sin embozo así las arbitrariedades gubernativas como los actos políticos de mayor resonancia en todo el orbe.

Salvador Brau Asencio

Chispazos abolicionistas.

En marzo de 1861 ocupó la presidencia de los Estados Unidos el insigne abolicionista Abraham Lincoln, produciéndose una guerra desastrosa, por empeñarse los Estados del sur en impedir la redención de sus esclavos. Aquel movimiento activó en Puerto Rico las propagandas abolicionistas que tuvieron en don Segundo Ruiz Belvis y en don R. Emeterio Betances, dos eficaces apóstoles.

Abogado el primero, hijo de Hormigueros y miembro de distinguida familia, instaló su bufete en Mayagüez, al regresar de España en 1860, y elegido síndico del ayuntamiento, aplicó toda la energía de su impetuoso carácter al servicio de los infelices siervos, persiguiendo la sevicia desbordada en algunos ingenios.

Betances, nacido en Caborrojo, de padre dominicano, hacendado como lo era el de Ruiz Belvis, desde su regreso de París en 1855 reveló sus sentimientos caritativos, ganándose entre las clases desheredadas de Mayagüez, donde fijó su residencia, envidiable popularidad. Abolicionista acérrimo, ocurriósele reducir el número de esclavos utilizando las ordenanzas de Pezuela y su palabra persuasiva halló prosélitos que le ayudaron a rescatar, en la fuente bautismal, negritos recién nacidos.

La guerra en Santo Domingo.

El 18 de marzo de 1861, la bandera republicana de Santo Domingo cedió el puesto a la española en las fortalezas de aquella isla, y el 16 de junio declaró el gobierno de doña Isabel 2ª , reincorporado a la monarquía el territorio insular segregado en 1821.

Los dominicanos, al sentir los bandos militares, tributos y medidas coercitivas que los asimilaban a la administración cubana y puertorriqueña, tuvieron motivo para sospechar que detrás irían las libretas y los esclavos y sublevándose contra, aquella dominación irreflexiva, mantuvieron durante cuatro años una guerra tenaz, en la qué se auxilió España con tributos y milicias de Puerto Rico; pero manifestándose en esta isla y especialmente en Mayagüez determinadas simpatías por los rebeldes.

Con tales accidentes y la cizaña constante de los esclavistas, se imaginó una revolución para la cual se daban como practicados varios alijos de armas que nunca parecieron, decretando por último el general Messina, en diciembre de 1864, la remisión a España, bajo partida de registro, del comandante don Luis Padial y Vizcarrondo, puertorriqueño valeroso, que herido en Puerto Plata, se había trasladado a su país, solicitando curación y al que se atribuía la dirección militar del levantamiento.

El 7 de enero de 1865 terminó aquella situación, al acordar las cortes españolas el abandono de la isla reincorporada, acogiéndose en Puerto Rico tal resolución con murmuraciones desfavorables para la metrópoli.

Ramón E. Betances por Mario Brau Zuzuárregui

Información reformista.

La aplicación de un régimen más expansivo en las Antillas, recomendado por el duque de la Torre, capitán general de la isla de Cuba, era tanto más necesaria cuanto que al deplorable efecto causado en la opinión por el abandono de Santo Domingo, se agregaba el término de la guerra civil en los Estados Unidos, coronado con el triunfo de las ideas abolicionistas. Don Antonio Cánovas del Castillo, ministro de Ultramar, presentó a la firma de doña Isabel II, en 29 de noviembre de 1865, un decreto llamando a Madrid comisionados de Cuba y Puerto Rico para informar al gobierno acerca de las leyes especiales prometidas desde 1837, y el 30 de octubre de 1866 se abrió la información, representando a Puerto Rico don José Julián Acosta, por la capital, don Segundo Ruiz Belvis por Mayagüez, don Francisco Mariano Quiñones por San Germán y don Manuel F. Zeno y Correa por Arecibo. El criterio de Acosta no discrepó del de Ruiz Belvis al apreciar la abolición de la esclavitud como base capital de las reformas insulares y conforme Quiñones con aquel parecer, manifestaron los tres, por escrito, que “partiendo el interrogatorio a que se les sometía de la existencia de la esclavitud y tendiendo a conservarla definitivamente, se abstenían de contestar en ningún sentido.”

“Aspiramos,” añadían, ” a la abolición en Puerto Rico, de la esclavitud, y la pedimos con indemnización o sin ella, si otra cosa no fuese posible; la abolición sin reglamentación de trabajo o con ella si se estimase de absoluta necesidad.”

La resuelta actitud de aquellos tres hombres, dos de los cuales eran propietarios de esclavos, produjo extraordinaria sensación, acudiendo los esclavistas de la isla a redactar exposiciones encaminadas a combatirlos y negando la capitanía general permiso para contraexponer en sentido antiesclavista, por considerarlo atentatorio a las instituciones.

Ociosa fue aquella labor. La junta informativa cerró sus sesiones el 27 de abril de, 1867, dándose el ministro de ultramar por enterado y agradecido de los informes. A esto se redujo todo, regresando los comisionados a sus respectivos domicilios.

Destierros arbitrarios.

El 7 de junio, pocos días después de la llegada de los comisionados a Puerto Rico, estalló, un motín militar, sofocado instantáneamente y que trajo por consecuencias el fusilamiento de un cabo de artillería y el suicidio de don Nicolás Rodríguez de Cela, coronel de dicha arma. Y con asombro general, vióse al general Marchesi ordenar, sin, previo procedimiento de justicia, la traslación a España del doctor Betances, de Ruiz Belvis, del doctor  don Pedro Gerónimo Goico, del doctor don Calixto Romero y Togores, de los hacendados don José de Celis Aguilera, don Vicente Rufino de Goenaga y don Julián E. Blanco, con obligación de presentarse al ministro de ultramar en el término de dos meses.

Renováronse al mismo tiempo en contra de la clase de color, las rudezas del Código Negro, haciendo aplicar pena de azotes a hombres de condición libre, por simples faltas de policía. El regente de la audiencia don Joaquín Calbetón, combatió aquel inhumano atropello; revolvióse airado Marchesi, amenazando al magistrado con un viaje a España; pero Calbetón mantuvo su actitud y pocos meses después substituía al arrebatado gobernante el teniente general don Julián Pavía.

Conspiraciones.

Ruiz Belvis y Betances no acataron el mandamiento de Marchesi. Furtivamente escaparon de Mayagüez, intentando llegar a Santomas en un bote, que por accidente peligroso se detuvo en Caja de muertos. De aquel islote los condujeron a Ponce varios amigos y en la hacienda de los hermanos Quiñones permanecieron en Guánica, hasta conseguir pasaje para los Estados Unidos en una goleta de Halifax, cargada de azúcar. El 5 de agosto publicaron en The New York Herald una carta, manifestando ” que consideraban inútil gastar tiempo trabajo y dinero en esperar buena fe del gobierno español. Y dirigiéndose Ruiz Belvis a Chile, donde debía morir en breve y Betances a Santo Domingo, en solicitud de auxilios para obtener por las armas la independencia de su país natal, comenzaron a extenderse por toda la isla sociedades secretas en conexión con aquel propósito. Los otros desterrados por Marchesi volvieron a sus hogares, por orden del ministerio de ultramar, comunicada al general Pavía en 4 de enero de 1868.

Pavía encontró el país en crisis. El 29 de octubre de 1867 causó grandes daños en todos los departamentos el furioso ciclón llamado de San Narciso, siguiéndole en 18 de noviembre un terremoto que derribó las casas de muchas haciendas y en la capital puso en fuga al vecindario, acampado al raso durante largos días, en los terrenos de Puerta de Tierra. Concediéronse franquicias tributarias para aliviar los quebrantos materiales y se dio rienda a las diversiones para levantar el espíritu público, sorprendido en septiembre de 1868 con la noticia de un movimiento insurreccional, cuyos jefes, después de proclamar, el día 23, en el pueblo de Lares, la independencia de Puerto Rico, celebrando un Te Deum en acción de gracias, se dirigían á posesionarse del Pepino.

Aquel movimiento partió de las juntas revolucionarias que seguían las inspiraciones de Betances, pero su resolución fue prematura, acogiéndola el país con una tranquilidad rayana en indiferencia.

La revolución.

Casi todos los pueblos se hallaban en estado indefenso; la policía rural no se conocía en el país y la guarnición era tan corta, que para perseguir a los insurrectos hubo de recurrirse a las milicias, que estaban poco menos que abandonadas: es así que a haber tenido la insurrección la trama y proporciones que se le atribuyeron, otro pudo haber sido su desenlace.

Según se supo luego, habíase sorprendido el día 20 de septiembre en el Palomar, distrito de Camuy. al vecino don Manuel M. González, reduciéndolo a prisión después de hallársele pruebas acusadoras de una conspiración separatista, atribuyéndose a este descubrimiento inesperado la precipitación de aquella algarada, que terminó el día 24 en el Pepino, al anuncio de que llegaban fuerzas militares de Aguadilla. Presos los principales insurrectos, instalóse en Ponce un consejo de guerra que condenó a muerte en 17 de noviembre a siete cabecillas, y en Arecibo se constituyó un juez especial que atestó la cárcel de presos y fue necesario habilitar local para depositarlos y detener algunos en Aguadilla, desarrollándose una epidemia de fiebre amarilla que produjo entre ellos setenta y nueve víctimas.

Pero toda aquella agitación se calmó repentinamente .El 17 de septiembre, una revolución iniciada en el puerto de Cádiz, puso fin al reinado de doña Isabel II y el 10 de octubre, un manifiesto de don Carlos Manuel de Céspedes anunciaba en Yara la insurrección de Cuba.

El general Pavía publicó el 30 de octubre las noticias recibidas de España; un eco de júbilo resonó en Puerto Rico; a compás del himno de Riego se quemaron en la plaza de Caborrojo las libretas que se habían macheteado en Lares al grito de ¡viva Puerto Rico libre!; las cárceles se abrieron, y los condenados a muerte, indultados primero, obtuvieron meses después amplia amnistía.

Capítulo XXV De Lares a Zanjón

Medidas represivas.

El poder ejecutivo constituido en España a consecuencia de la revolución de septiembre, substituyó al circunspecto general Pavía, por don José Laureano Sanz, quien después de autorizar, en 8 de enero de 1869, la amnistía de los procesados, formuló contra su predecesor severos cargos, por no haber declarado al país en estado de guerra; sometió a un expediente secreto a Acosta y Baldorioty de Castro, separándolos de sus cátedras en la Sociedad Económica; hizo blanco de sus arbitrariedades a varias personas respetables y mantuvo en inquietud alarmante a todo el país, haciendo detener y conducir a la Fortaleza vecinos de todos los distritos, para darse el placer de denostarlos, amenazándolos con fusilamientos y deportaciones a Fernando Poo.

Con gusto se le vio implantar la comunicación telegráfica entre las principales poblaciones, dando cima a un proyecto que se hallaba en tramitación a su llegada, mas no pudo aplaudírsele la creación de un cuerpo de guardia civil, con soldados de infantería bisoños, que desconociendo el espíritu y las reglas de aquella institución, produjeron disgustos constantes.

Bajo el gobierno de Sanz crecieron las demasías de los corregidores y alcaldes, subiendo de punto en Mayagüez la estéril rigidez del coronel Balboa, quien a pesar de haberse rodeado de un centenar de esbirros militares, no se dio cuenta del movimiento de Lares, hasta después de iniciado, ni alcanzó a advertir los estremecimientos del volcán que rugía a sus pies. Porque allí, en Mayagüez continuaba la propaganda revolucionaria agitada desde Santomas por Betances, cuyo plan de invadir la isla llegaba ya a redondearse Con la obtención de un empréstito garantizado por las rentas de aduanas, mas el cambio de conducta en los hombres del partido radical, inclinó los ánimos á pacíficas soluciones.

Diputados constituyentes.

En 31 de mayo de 1869, por decreto del poder ejecutivo, dividióse la isla en tres circunscripciones, para elegir once representantes en cortes, de los cuales, tres, don Luis  Padial, don José Pascasio de Escoriaza y don Román Baldorioty de Castro, fueron expresión genuina del voto liberal de sus compatriotas. Padial, con su natural fogosidad interpeló enérgicamente al gobierno sobre aquella anómala situación en que se mantenía a Puerto Rico; Escoriaza, unido íntimamente a Ruiz Zorrilla, uno de los caudillos revolucionarios, hizo presente a éste los peligros que tal situación ofrecía en momentos en que la revolución separatista de Cuba ganaba terreno, y el gobierno ofreció aplicar a la colonia todas las libertades proclamadas por la revolución. El general Sanz fue relevado en mayo de 1870 por don Gabriel Baldrich; el país reaccionó; restáronse elementos influyentes á la obra revolucionaria, pues que las libertades se obtenían sin efusión de sangre y Betances hubo de interrumpir su labor, aunque no sus propósitos, en los que persistió hasta morir, con firme consecuencia.

Tomado de Salvador Brau. “Capítulo XXIV Abolicionistas y separatistas” y “Capítulo XXV De Lares  a  Zanjón” en Historia de Puerto Rico. New York: D. Appleton y Compañía, 1904. Págs. 258-268.

Comentario:

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

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